“A paso de bebé, a paso de vencedor: El enorme poder de los pequeños esfuerzos”

HNCK9101 ¡Santiago de Compostela, ahí voy!

Me levanté temprano esa mañana de mayo; la emoción no me dejaba dormir. Había pasado la noche en una escuela que habían habilitado para los peregrinos, y los ochocientos kilómetros del Camino de Santiago, con los que había soñado durante años, estaban a punto de recibirme. Ochocientos kilómetros, ochocientos kilómetros, repetía en mi mente, y la distancia se me hacía tan enorme que me daba trabajo concebirla. Cuando por fin salió el sol y me coloqué la mochila sobre la espalda, salí a la intemperie y allí estaba el camino, esperándome sin pretensiones. En él no había nada espectacular; era solo un humilde trillo por donde miles de hombres y mujeres habían puesto un pie delante de otro  hasta que lograban alcanzar ese lugar con el que tanto soñaban. Y en un instante, esa distancia inimaginable comenzó a reducirse en el momento en que mi viaje inició: con una primera zancada, el primero de un millón de pasos que tendría que dar para llegar a Santiago.

Así es: un millón de pasos.

Según algunos estimados, el ser humano tiene que dar 1,320 pasos para cubrir un kilómetro, y si multiplicamos ese número por ochocientos, llegamos a la impensable suma de 1,056,000 zancadas para cubrir el Camino de Santiago en su completitud.

Esa tarde, cuando por fin llegué a la primera parada 24 kilómetros, 31,680 pasos,  y ocho horas después, me dolía cada centímetro del cuerpo. Durante unas cuantas horas pensé tirar la toalla y mandarlo todo al carajo. Me acosté en un catre ubicado en un almacén habilitado para los peregrinos, y mientras flirteaba con la idea de largarme al día siguiente, no pasó mucho tiempo antes que comenzara la sinfonía de ronquidos más brutal que había escuchado en mi vida. En el almacén había alrededor de 150 personas que trataban de dormir unas al lado de las otras, y al parecer todas, absolutamente todas, competían por el primer lugar en un concurso de  jabalíes. Cerré los ojos, y aunque me encontraba en un estado de total extenuación, los jabalíes endemoniados no me dejaron dormir.

Fast forward ocho horas después: todavía en el catre, reventado, con ganas de regresar a mi infancia y rajarme a llorar, tratando de levantarme pero incapaz de hacerlo. Entre el cansancio y los jabalíes estaba destruido. Ese segundo día se suponía que tenía que caminar 32 kilómetros y no tenía la más mínima idea de  cómo carajos lograría tal hazaña. Cuarenta y cuatro mil ciento sesenta pasos, uno tras otro, y repetir, repetir, repetir hasta llegar a un millón.

La tarea parecía imposible, hasta que la voz de una gran amiga me susurró al oído desde el pasado: “baby steps Delmonte, baby steps” (pasos de bebe Delmonte, pasos de bebe). “Enfócate en una pequeña tarea, una mínima dirección hacia donde encaminar tus esfuerzos, y tarde o temprano lo vas a lograr”, me decía Susie cada vez que me veía agobiado por cualquier razón durante nuestros tumultuosos años en la universidad. Su voz se fue haciendo cada vez más fuerte hasta que me motivó a salir de la cama, ponerme la mochila, y con la única meta de recorrer ese próximo paso, ese próximo medio metro que me acercaría mas a Santiago, empecé a colocar ese pie delante de otro hasta que una tarde, 32 días y poco más de un millón de pasos después, llegué a Santiago de Compostela, maravillado por el poder de los esfuerzos incrementales, y sintiéndome capaz de lograr cualquier hazaña.

Escribir un libro: poner una palabra delante de otra hasta que no falten ni sobren palabras

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Años después me encontré en un avión regresando de Yemen. Durante el año y tres meses que viví en el país, comencé un blog y formé una fiel tribu de seguidores que se hicieron partícipes de la experiencia a través de las historias que hilé a través de cien entradas. Nunca me había considerado escritor, ni me imaginaba capaz de escribir un libro, pero el hecho de contar historias que lograran conectar con tanta gente me inundó de una especie de poder que no conocía hasta entonces. Montado en ese avión, decidí que tenía que escribir un libro de la experiencia, aunque solo sirviera para contarle al mundo de todas las experiencias que me habían transformado durante aquel épico año.

Pero al llegar, no pasó mucho tiempo antes que conociera a mi futura esposa, nos casáramos, y dos maravillosos hijos llegaran a nuestras vidas para cambiarlas para siempre.

Y ahora, ¿cómo haría para alcanzar esa meta de escribir un libro? No quería ser uno de esos padres que se ensimismaban en sus proyectos personales y dejaban a un lado a su familia. Lo quería todo: necesitaba dedicarme al trabajo que me facilitaría mantenerlos y  quería compartir la mayor cantidad de horas al día con ellos, y arriba de todo eso, también quería escribir el libro.

¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo lograrlo?

Al principio pensé que sería imposible. El típico libro tiene 250-300 páginas, y no podía dedicarme a tiempo completo a escribirlo. En ese momento, las palabras de Susie volvieron a recordarme que todo es posible con el poder de los pasos de bebé. Fue entonces cuando decidí sacar 90 minutos al día para dedicarme a la escritura, y las únicas horas donde podía trabajar sin distracciones era de 5.30 a 7 de la mañana. El único obstáculo que tenía era el siguiente: ¡Pero yo soy nocturno! ¡Yo no funciono de madrugada!

Las madrugadas milagrosas: Las horas donde todo es posible

Me tomó mucho tiempo aprender a levantarme temprano. Durante toda mi vida, siempre había pensado que mi mente creativa fluía mejor de noche, pero con dos hijos pequeños, ya a las ocho de la noche mis jugos creativos hacía rato que se habían secado. Las primeras semanas programé el despertador para que sonara a las 5 a.m., pero casi siempre, lograba convencerme de dormir cinco minutos más, y esos cinco minutos se convertían en dos horas deliciosas donde la intención que tenía de lograr mi propósito se esfumaba en una sesión íntima entre la colcha y la cama.

No pasó mucho tiempo antes de darme cuenta que tenía que cambiar de estrategia: pondría el despertador en un extremo de la habitación, para así verme obligado a levantarme para apagarlo.

La estrategia comenzó a dar resultados, y poco a poco, palabra tras palabra tras palabra, el libro fue cogiendo forma. En esta ocasión no fueron treinta y dos días, sino cinco años o mil ochocientos veinte cinco días donde en muchas ocasiones llegué a pensar que el proyecto nunca vería la luz del día, pero la ley de los esfuerzos incrementales es infalible.

Así como la gota que cae sobre la piedra tarde o temprano le hace un agujero, así mismo los pasos de bebé nos empoderan para lograr cualquier meta que nos propongamos.

Sesenta y cinco mil palabras más tarde, puedo decir que el libro ya está escrito, y pronto, mi feto literario saldrá a la luz y se convertirá en un ser que caminará con sus propios pies.

Y por esto, comunidad íntima, humildemente les insisto:

Si tienen un proyecto, una idea, una aventura que ansían vivir, y creen que no son capaces de lograrlo por razones de tiempo o por la simple dimensión de su visión, confíen en el poder de los pasos de bebé y les aseguro: tarde o temprano, el día que menos lo esperan, su visión se materializará.

P.D: Y tú, ¿qué has logrado con el poder de los pasos de bebé? ¿Tienes alguna historia donde los esfuerzos incrementales te han ayudado a lograr tu propósito? ¡Déjame saber!

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