Libro vs. Kindle: una historia de infidelidad en tiempos modernos

digital-vs-paper-book-136392824940603901-140822102208 Nuestros problemas ya tenían años sobre el tapete, y aunque siempre buscábamos la manera de solucionarlos, sabíamos que nuestra relación no iba bien. Al principio parecían los típicos inconvenientes que enfrentan todos aquellos que tienen más de veinticinco años de casados. Pero con el paso del tiempo, cuando la relación empezó a tocar fondo, fue cuando la verdad, siempre cruda y poco sutil, salió a flote: habíamos dejado de querernos.

Todo empezó con “Las Correcciones” del escritor americano Jonathan Franzen. Lo había pedido una tarde por Amazon después de leer una biografía sobre el autor, para que coincidiera con diez días de vacaciones en los que planeaba leérmelo. Estaba emocionado por el tiempo que pasaríamos juntos, pero a medida que las vacaciones se acercaban y “Las Correcciones” no terminaban de llegar, no podíamos continuar pretendiendo que sencillamente, el libro no estaba disponible para mí. Terminé tomando las vacaciones por mi cuenta, reflexionando sobre el estado de las cosas. Al regresar, pasaron varios meses antes de que el libro llegara a mis puertas, y para ese momento, ya no me interesaba leerlo. La ventana de interés se había cerrado, y el libro terminó ocupando un triste espacio dentro de la vastedad de mi librero, asunto que me permite introducir otro de nuestros problemas.

Nuestro amor, que durante años se había mantenido creciendo, se expandió a un punto tal que terminó invadiendo mi oficina. Una mañana, de esas en que el alma busca aligerarse, noté que mis libreros ya tenían dos filas de libros por cada estante, haciendo de la primera fila una masa invisible que se expandía como un cancer. No tardé en darme cuenta que nuestra relación estaba a punto de sacarme de mi espacio de trabajo, y al llegar turbado y comentarle a mi esposa de carne y huesos todo el asunto, esta respondió diciendo:  “¿Tu oficina nada mas? Ven a ver como tienes la casa”. Al guiarme hasta los anaqueles que cubrían toda la pared del pasillo, que parecía  estar a punto de colapsar, nuestra relación recibió otra estocada directo al corazón.

Otra de nuestras grandes dificultades fue la comunicación. Cuando estábamos juntos, solía tomar notas para la posteridad, tratando de extraer su sabiduría. Pero aquello no solía pasar de allí. Cuando terminaba de leerlo, el libro regresaba al librero, y las notas que había tomado se perdían para siempre. No existía una forma práctica de sintetizar toda esa información para almacenarla en un lugar de fácil acceso.

Después de esas experiencias, que empezaron a distanciarnos cada vez más, terminamos no teniendo relaciones durante meses. Ya mis ojos no querían posarse sobre sus adentros, ni querían recorrer sus espacios más íntimos, así que nos acostumbramos a estar cerca, pero sin pasar de ahí. Otras amantes surgieron en el panorama, con las cuales sustituí la falta que me hacía algunos días: los audio-libros, un medio al que le había puesto resistencia, resultaron ser excelentes para escuchar literatura de no ficción, pero cuando quería escuchar alguna obra de más complejidad, mi mente no parecía engancharse a las peripecias de la trama, dejándome confuso y frustrado.

Fue entonces cuando el Kindle, aparato que aborrecí durante años, sobre todo cuando experimenté con los primeros modelos, regresó una tarde cuando necesitaba exactamente lo que ofrecía. Llegó en manos de otro, que venía vanagloriándose por su nueva adquisición. Cuando la vi, reaccioné de la misma forma en que siempre lo había hecho: “Odio los Kindles”. “Nunca podrán sustituir la magia que nos ofrecen los libros físicos”. A esta declaración, el amigo me pasó el aparato, y pude ver como el tiempo había vuelto una tecnología que en un momento dejaba mucho que desear, en una maestra de la seducción.

Le apodaban la Kindle Paperwhite, y poco después de nuestro primer encuentro, no pude resistirme. Cuando llegaba a casa, miraba el viejo librero y no sentía nada. En cambio, cuando abría la página de Amazon, la elegancia del Paperwhite se desplegaba por todo el browser, invitándome a que conociera su extenso reino. Un día, reuní el valor suficiente para dar el salto y pedirlo, y hasta el sol de hoy, no he vuelto a mirar atrás. Le pedí el divorcio al libro físico, y me casé para siempre con mi Kindle.

Ya han pasado varios meses y debo decir que nuestro matrimonio ha sido una de las mejores inversiones de toda mi vida. Primero, el Kindle tiene poco peso y sus dimensiones son reducidas, lo que nos permite andar juntos casi todo el día. Segundo, tiene la capacidad para almacenar miles de libros, dejando mis otros espacios intocados. Tercero, me permite hacer anotaciones de lo que leo, y al final de la lectura, puedo descargar todas mis notas en la computadora. Cuarto, debido a que viene con luz propia, no tengo que molestar a nadie para continuar leyendo durante las horas de la noche. En fin, sé que al igual que yo, muchos románticos se resistirán a decirle adiós al libro físico, pero les aseguro, si se atreven a dar el salto, jamás mirarán atrás. Andarán enamorados como perros, incapaces de quitarle la mano a esa pantalla que revivirá esa pasión que una vez sintieron por los libros, y lo mejor de todo, tendrán cientos de miles de libros a un clic de distancia.